Estás en blanco. No
es tan sencillo hablar de los sentimientos cuando te has forzado a
auto-controlarlos. Una represión holgada. La intencionalidad inicial no era
esa, es sólo un mero resultado de tu adaptación para conseguir sobrevivir. Es
tú (¿inútil?) intento de alcanzar la madurez emocional. Estaba dentro de los
planes.
Cuando algo madura,
o se come, o se estropea. ¿Qué hacemos? Meterlo en la nevera. Así durará más.
Te fastidia. Te
fastidia no entender. Te fastidia tener conflicto.
Te mintieron cuando
dijeron que era cosa de la adolescencia.
Te jode no
conformarte. La sencillez sin más. El no plantearse. Te lo repites como un
mantra a ver si se interioriza de una vez: “menos preocuparse; más disfrutar”.
O algo similar.
Lo vuelves a hacer:
intentas forzar. Forzar las ideas, las palabras…
Todos forzamos: las sonrisas, las conversaciones, las respuestas… pero tú vuelves a intentarlo, forzarte a ti. Crear el ambiente propicio para la inspiración. Sientes que tienes que vomitar tus sentimientos, sabes que es terapéutico para ti; te sintoniza contigo misma. Pero ahora es distinto. No salen. Ya no sientes tan intensamente.
Todos forzamos: las sonrisas, las conversaciones, las respuestas… pero tú vuelves a intentarlo, forzarte a ti. Crear el ambiente propicio para la inspiración. Sientes que tienes que vomitar tus sentimientos, sabes que es terapéutico para ti; te sintoniza contigo misma. Pero ahora es distinto. No salen. Ya no sientes tan intensamente.
La pasión por uno
mismo también se pierde.
La ganas de comerte
el mundo, de aportar nuevas explicaciones a la vida, de crear teorías… son de
otra forma. Has aprendido a no complicarte. Tampoco es malo, ahora eres más
feliz y más tranquila. Pero quieres más, no es suficiente. Quieres aunar ambas
cosas. Te rascas la cabeza pensando: “¿pero cómo?”
Cansancio.
Pensar es agotador
cuando llevas tiempo desentrenado.
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